Promuevo todo aquello que sea inmaterial y pueda arder. Las ideas sobre pasión, rabia, oscuridad y luz. Lo que consiga que marquemos una historia, un arañazo nuevo en la espalda. Oír mi nombre melódico en un libro mientras alguien lo ojea, leer cómo pronuncian mal mi apellido. Mirar y suspirar por lo que queda por sobrellevar y por lo que no nos dará tiempo.
Mi arte. Convivir noche tras noche con lo desagradable, y escupir al brillante academicismo digno de impolutos muermos que prefieren pasar una tarde leyendo mientras ven llover, que bailar o gritarle a alguien. A la mierda las ideas Platónicas de un mundo perfecto basado en las ideas, excelentes perfecciones nunca alcanzables ni para los más crédulos. Propongo lo contrario. Lo que vemos, aquello que sentimos, es lo verdadero y único en significado, y es de ahí de donde sonsacamos nuestras propias apreciaciones, que cambiarán en idea de lo olido o lamido (y no de nuestro deseo de buscar una idea única que lo exprese). Prefiero ser copia.
No quiero estudiar rimas epopéyicas. Quiero leer a Bukowski y sentirlo posible. Vivir mal, estar herido. Beber, fumar, follar, y pensar. Escribir. Escribir. Escribir y cantar. Escribir, cantar y leer. Escribir, cantar, leer y filmar. Las únicas cosas que necesito, el resto vendrá solo. Dejarme fluir sabiendo que me pudro haciendo lo que debo. Nada de lo esperado.
Raparme, rajarme, vomitar en mis zapatos, y escribir sobre ello. Notar cómo cae mi regla en la ducha, y escribir sobre ello. Pensar sobre irme a el Congo, y escribir sobre ello. Y mientras eso, cantar. Tras la realización, leerlo. Y si puedo, filmarlo. Mi cadena fordiana ya está más que terminada, pero, ¿y el amor? Qué fácil es olvidar al amor cuando está como un constante zumbido. Tras escucharlo durante horas, lo obvias y queda oculto tras otros sonidos más innovadores. Abogo por actuar y ser trascendente. Imprevisible, subjetivo, extravagante, amado y amante. Quererlos a todos para una (misma), y una para todos. Pero solo si ellos están ahí para endurecerte, y crear en ti las benditas marcas en la memoria.
Fría, clara, lo suficiente como para arrancar las hojas de los prestigiosos y sagrados libros estéticos. Matarlos a cuchillada limpia y dejar que sangren sus letras. A la par de las mías, que se cansan de intenciones.
No quiero estudiar rimas epopéyicas. Quiero leer a Bukowski y sentirlo posible. Vivir mal, estar herido. Beber, fumar, follar, y pensar. Escribir. Escribir. Escribir y cantar. Escribir, cantar y leer. Escribir, cantar, leer y filmar. Las únicas cosas que necesito, el resto vendrá solo. Dejarme fluir sabiendo que me pudro haciendo lo que debo. Nada de lo esperado.
Raparme, rajarme, vomitar en mis zapatos, y escribir sobre ello. Notar cómo cae mi regla en la ducha, y escribir sobre ello. Pensar sobre irme a el Congo, y escribir sobre ello. Y mientras eso, cantar. Tras la realización, leerlo. Y si puedo, filmarlo. Mi cadena fordiana ya está más que terminada, pero, ¿y el amor? Qué fácil es olvidar al amor cuando está como un constante zumbido. Tras escucharlo durante horas, lo obvias y queda oculto tras otros sonidos más innovadores. Abogo por actuar y ser trascendente. Imprevisible, subjetivo, extravagante, amado y amante. Quererlos a todos para una (misma), y una para todos. Pero solo si ellos están ahí para endurecerte, y crear en ti las benditas marcas en la memoria.
Fría, clara, lo suficiente como para arrancar las hojas de los prestigiosos y sagrados libros estéticos. Matarlos a cuchillada limpia y dejar que sangren sus letras. A la par de las mías, que se cansan de intenciones.