Temo pensar en alto.
Dejar despegar el vuelo a entrecortadas malpensadas, y generar conflictos. Veo cómo cada palabra trepa asesina por mi garganta sin dudar de sus intenciones, se cuelga de la campanilla, y cae para reptar lentamente por la lengua mientras sisea el futuro que llega. Es húmeda y fría, roza, araña mis dientes, los cuales presiono con la mayor de mis fuerzas. Pero es escurridiza y se cuela entre las separaciones de mis dientes. Como una bala: vuela y hace sangre.
Es por eso que callo en los metros, no dirijo palabra alguna a extraños y siento miedo a pensar cerca de transeúntes. No es que crea que haya un hilo de conexión entre las mentes de las personas, ni siempre tengo pensamientos bruscos y negativos. Al contrario, no suelen ser de esas magnitudes, es algo más irracional. Lo que pienso es mío, solo mío. El miedo también.
Si camino por una callejuela que converge en otras más, y al girar hacia una de ellas me encuentro con alguien, aguanto la respiración. Como si cayese en una piscina; mi mirada, mi expresión o quizá algún suspiro delatarían los entresijos de mis entrañas, y esa zambullida no me la quitaría nadie. Y ojalá que haya agua y no una rotura de cadera por el impacto sobre unos azulejos desteñidos. Ojalá hayan dos brazos lo suficientemente fuertes como para cogerme antes del impacto, y no los trozos tras él. Y es paradójico porque pido aventura, busco romperme, pudrirme realizando lo que quiero. Pero mi instinto grita haciendo aspavientos con los brazos.
Creo que la metáfora no encubre lo suficiente aquello que intento decir, la mentira se queda corta. Ni yo misma puedo concebir tanto rompecabezas por temer a la posibilidad de hablar en alto. Que es algo real en mi vida, pero no lo circunstancial en el texto. Me encantaría poder reaccionar como el resto espera, dar oportunidades y conceder clases abiertas sobre cómo tirarse a la piscina saliendo ilesa. Pero voy con muletas, no sueno creíble (y no siento que mis palabras ahora mismo lo sean).
Temo dar una respuesta, pensar en voz alta, que todo acabe mal. No solo yo con una pierna rota, trece moratones y con -ahora- palabras carentes de valor vomitadas por el suelo, sino por ti. Joder, me preocupo más por ti que por mí.
Si camino por una callejuela que converge en otras más, y al girar hacia una de ellas me encuentro con alguien, aguanto la respiración. Como si cayese en una piscina; mi mirada, mi expresión o quizá algún suspiro delatarían los entresijos de mis entrañas, y esa zambullida no me la quitaría nadie. Y ojalá que haya agua y no una rotura de cadera por el impacto sobre unos azulejos desteñidos. Ojalá hayan dos brazos lo suficientemente fuertes como para cogerme antes del impacto, y no los trozos tras él. Y es paradójico porque pido aventura, busco romperme, pudrirme realizando lo que quiero. Pero mi instinto grita haciendo aspavientos con los brazos.
Creo que la metáfora no encubre lo suficiente aquello que intento decir, la mentira se queda corta. Ni yo misma puedo concebir tanto rompecabezas por temer a la posibilidad de hablar en alto. Que es algo real en mi vida, pero no lo circunstancial en el texto. Me encantaría poder reaccionar como el resto espera, dar oportunidades y conceder clases abiertas sobre cómo tirarse a la piscina saliendo ilesa. Pero voy con muletas, no sueno creíble (y no siento que mis palabras ahora mismo lo sean).
Temo dar una respuesta, pensar en voz alta, que todo acabe mal. No solo yo con una pierna rota, trece moratones y con -ahora- palabras carentes de valor vomitadas por el suelo, sino por ti. Joder, me preocupo más por ti que por mí.
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