martes


Sigo esperando un milagro.
Le pido a quien sea que me de
la capacidad de
encarnarme en cada mujer que te guste, 
cualquiera que te sea apetecible. 

Sentir cómo fijas
a cada instante
tu mirada. 
Nada discreta,
muy inquietante.

Que te acerques hacia mí por terceros,
percibir a kilómetros tu cobardía hasta para hablar. 
Ver apatía, melancolía, el cabreo interno. 
Los gestos que repites,
lo mal que follas, cabrón.

Voy y vengo de los sitios, 
no huelo tu colonia
y duele más de lo que crees. 
Aunque la idea de que alguien tenga
la misma me pone cachonda.

Te rastreo por las avenidas y rascacielos
hace ya mucho tiempo decidiste trepar.
Te desvaneces en lugares verticales.
Ya no soplas mis oídos ni
me llevas con las brisas.

Pero yo me he anclado por aquí,
me amarré a una farola
y las noches me ciegan.
Se han vuelto tristes
momentos de memoria.

De atarse las manos al respaldo de
una silla, tu silla.
Dejar que me golpeen los Cien Enfados.
De pensarte, obligarme a
no pasar por tu hogar.

Enrabiar del odio que te tengo.
Erabiar del amor que te siento.

Guardar mis manos en los bolsillos para no
darte todos los poemas que te he escrito.
-Seguro que no te tomas bien-
Camino en círculos con tal de reprimir
tu faceta de musa sobre mí.

Me inspiras,
Rechazo,
y parece que te olvidaste de mí como 
del que intenta evitar ver a un ex.
Se te ve atado a otra persona.

Consigo verla
cada vez más,
no se hace tan borrosa como querría.
Cómo te querría.

lunes

El artista con hambre (II)


Pero ya te gustaría ser así.
Te brindaría la oportunidad de
haber cambiado.

«Señoras y señores
este hombrecito ya no es débil.
Se cubrió de cuchillos y va abrazado pechos
dañados de dulzura, de inocencia y compasión»

No sufre
No siente.

Ahora se alimenta de almas ajenas de las que desconfía,
transeúntes que observan su rostro con interés.

Va con chaleco antibalas.
O no, mejor aún
no lo lleva porque es duro de coraza.

Corre frente a las balas,
se las come.
Las mastica
-como mantequilla-
Pasan la garganta
y recubren su interior.

Qué rudo.
Ojalá.
El que nació malo, rebelde
digno de una película con James Dean.

El otro día cojeaste.
Te mostraste humano
pájaro de ala herida.
Levantaste la camiseta
agarraste mis manos;
toqué llagas.

Chico arena
chico camaleón
chico que omite:
chico que no se perdona
dime entonces cómo besas.

El artista con hambre (I)


Besas como piensas:
bruto, brusco, guarro.
Confuso, manipulador
creyéndote el rey de la fiesta.
Egoísta, silencioso
Odioso.

No me gusta lo que veo.
Olvidas y tiras las palabras,
vas a lo que vas.
Golpeas bien el bate.
Pusiste los roles de cada uno de una mesa recién encerada.
Jugaste a cambiarlos.
Y yo por vez primera voy, veo
reviso y no olvido.

El que mantiene el gatillo,
empuñadura,
anilla de granada.
El que escupe.

No me haces ni puta gracia.
Y esto debería convencerte para bajar
de ese bendito balcón.
Pero diga lo que diga, harás lo que quieras.
Como siempre.

Y no suelo perder
asi que baja, por favor.
Saltando, reptando, pudriéndote
por el camino.
Como quieras, pero baja.
Que no me gusta lo que creo entender
y quiero volver a verlo.


Me da asco la primavera que está creciendo en mí.
Sin previo aviso, como una novedad anatómica.

Siento, noto cómo poco a poco
las raíces van trepando por mis entrañas
-antes llenas de pasividad amorosa,
pseudointriga romántica,
de todas las expresiones que queráis poner-, y
llenan de guirnaldas mis noches en balcones.

Hay alguien.
Más bien algo.
Un carácter, un arqueo de cejas
la incredulidad en persona.
Chasquido, golpe en la nuca
las palabras hijo de puta.
El sentimiento propio de desisterés.

Hacia mí.
Y ojalá hacia ti.

Haces que mi habitación se llene de espíritus.
Me abrazan, abarcan mi desvelo.
Comprenden mis injurias,
tocan mi rodilla y acarician el hombro.
Entes que cuentan historias sobre codicia, temor, dolor.
Hablan del verdadero futuro que depara.

Un día desapareciste sin previo aviso y yo
te volví a dirigir mirada.
Para nada,
para absolutamente nada.

sábado


Hoy he vuelto a caer. Tras meses de alivio y equilibrio mental, lo único en lo que pienso es en aplastar charcos mientras grito. De mirar de frente los reflejos en las gafas de sol de las personas que tranquilamente pasean alegres cerca de mí, y de un puñetazo romperlas en todos los trozos posibles. Apuesto a que cada cristal lo consigo despedazar en tres impares y asquerosas partes. Esta vez no quiero ni busco hacer un texto estético o bonito. Será porque bonita es una palabra lejana.
Lo único con lo que me veo decente es con un vestido negro de flores. Y ya estoy harta de mirarme en el espejo con él, de desenterrar de todos los armarios familiares reliquias textiles en busca de un sustituto; y que parezca invencible. No puedo levantar la mirada del asfalto cuando noto cerca escaparates, pues se burlan de lo que muestro, lo que ofrezco a primeras. No consigo dormir por las noches porque cuando me acurruco y agarro con fuerza a la almohada la tripa roza mi pecho, con cada una de sus vertientes diminutas, putas separadoras de un gran conjunto muscular. Cada vez más grande, más inmenso. Esto logra que por las mañanas encuentre ojeras hechas con manchas de acuarela, y ataques de cuchillo en mi cara como granos. 
No tengo ganas de salir por miedo a ser juzgada, tengo pánico al exterior. A tener que vestirme. Es lo último que hago antes de salir porque sé que dolerá pasar por esa maltrecha situación; quizás salga, quizás no. Es como jugar a los dados. Un uno es salir dignamente, y seis quedarme en casa de todo lo que he llorado. O peor aún, haber logrado ponerme cualquier cosa encima, y no haber tenido el valor de pasar hasta el portal. No es la ropa que tengo, sino con qué la lleno. Siento agorafobia al plantearme aunque sea dar una vuelta, y claustrofobia al permanecer en casa. No creo al resto, e intento no creer en lo que pienso. Me siento cobarde, de las personas más estúpidas. Pondría la mano en el fuego si cada día que me proponen salir no me agobio, no lo paso mal. Me propongo cambiar, y antes de caer el sol me adelanté a este. Y esa misma noche me vuelvo a proponer cambiar. Es el pez que se muerde la cola, una que ojalá no tuviese que degustar siquiera. 
La gente ve cosas casi inconcebibles para mis retinas. Os juro que las he buscado como si oro fueran (pues oro son,) pero no las veo. Y, ¿quién de los dos engaña?, ¿vosotros con edulcoradas palabras, o el sentido de la vista?, ¿lo que veo o lo que dicen?. ¿Qué debe responder uno ante un halago cuando lo único que ve son escombros?
Me estoy vaciando y no consigo creeros.