sábado


Hoy he vuelto a caer. Tras meses de alivio y equilibrio mental, lo único en lo que pienso es en aplastar charcos mientras grito. De mirar de frente los reflejos en las gafas de sol de las personas que tranquilamente pasean alegres cerca de mí, y de un puñetazo romperlas en todos los trozos posibles. Apuesto a que cada cristal lo consigo despedazar en tres impares y asquerosas partes. Esta vez no quiero ni busco hacer un texto estético o bonito. Será porque bonita es una palabra lejana.
Lo único con lo que me veo decente es con un vestido negro de flores. Y ya estoy harta de mirarme en el espejo con él, de desenterrar de todos los armarios familiares reliquias textiles en busca de un sustituto; y que parezca invencible. No puedo levantar la mirada del asfalto cuando noto cerca escaparates, pues se burlan de lo que muestro, lo que ofrezco a primeras. No consigo dormir por las noches porque cuando me acurruco y agarro con fuerza a la almohada la tripa roza mi pecho, con cada una de sus vertientes diminutas, putas separadoras de un gran conjunto muscular. Cada vez más grande, más inmenso. Esto logra que por las mañanas encuentre ojeras hechas con manchas de acuarela, y ataques de cuchillo en mi cara como granos. 
No tengo ganas de salir por miedo a ser juzgada, tengo pánico al exterior. A tener que vestirme. Es lo último que hago antes de salir porque sé que dolerá pasar por esa maltrecha situación; quizás salga, quizás no. Es como jugar a los dados. Un uno es salir dignamente, y seis quedarme en casa de todo lo que he llorado. O peor aún, haber logrado ponerme cualquier cosa encima, y no haber tenido el valor de pasar hasta el portal. No es la ropa que tengo, sino con qué la lleno. Siento agorafobia al plantearme aunque sea dar una vuelta, y claustrofobia al permanecer en casa. No creo al resto, e intento no creer en lo que pienso. Me siento cobarde, de las personas más estúpidas. Pondría la mano en el fuego si cada día que me proponen salir no me agobio, no lo paso mal. Me propongo cambiar, y antes de caer el sol me adelanté a este. Y esa misma noche me vuelvo a proponer cambiar. Es el pez que se muerde la cola, una que ojalá no tuviese que degustar siquiera. 
La gente ve cosas casi inconcebibles para mis retinas. Os juro que las he buscado como si oro fueran (pues oro son,) pero no las veo. Y, ¿quién de los dos engaña?, ¿vosotros con edulcoradas palabras, o el sentido de la vista?, ¿lo que veo o lo que dicen?. ¿Qué debe responder uno ante un halago cuando lo único que ve son escombros?
Me estoy vaciando y no consigo creeros.

miércoles


Temo pensar en alto.
Dejar despegar el vuelo a entrecortadas malpensadas, y generar conflictos. Veo cómo cada palabra trepa asesina por mi garganta sin dudar de sus intenciones, se cuelga de la campanilla, y cae para reptar lentamente por la lengua mientras sisea el futuro que llega. Es húmeda y fría, roza, araña mis dientes, los cuales presiono con la mayor de mis fuerzas. Pero es escurridiza y se cuela entre las separaciones de mis dientes. Como una bala: vuela y hace sangre.
Es por eso que callo en los metros, no dirijo palabra alguna a extraños y siento miedo a pensar cerca de transeúntes. No es que crea que haya un hilo de conexión entre las mentes de las personas, ni siempre tengo pensamientos bruscos y negativos. Al contrario, no suelen ser de esas magnitudes, es algo más irracional. Lo que pienso es mío, solo mío. El miedo también.
Si camino por una callejuela que converge en otras más, y al girar hacia una de ellas me encuentro con alguien, aguanto la respiración. Como si cayese en una piscina; mi mirada, mi expresión o quizá algún suspiro delatarían los entresijos de mis entrañas, y esa zambullida no me la quitaría nadie. Y ojalá que haya agua y no una rotura de cadera por el impacto sobre unos azulejos desteñidos. Ojalá hayan dos brazos lo suficientemente fuertes como para cogerme antes del impacto, y no los trozos tras él. Y es paradójico porque pido aventura, busco romperme, pudrirme realizando lo que quiero. Pero mi instinto grita haciendo aspavientos con los brazos.
Creo que la metáfora no encubre lo suficiente aquello que intento decir, la mentira se queda corta. Ni yo misma puedo concebir tanto rompecabezas por temer a la posibilidad de hablar en alto. Que es algo real en mi vida, pero no lo circunstancial en el texto. Me encantaría poder reaccionar como el resto espera, dar oportunidades y conceder clases abiertas sobre cómo tirarse a la piscina saliendo ilesa. Pero voy con muletas, no sueno creíble (y no siento que mis palabras ahora mismo lo sean).
Temo dar una respuesta, pensar en voz alta, que todo acabe mal. No solo yo con una pierna rota, trece moratones y con -ahora- palabras carentes de valor vomitadas por el suelo, sino por ti. Joder, me preocupo más por ti que por mí.


Ojalá sufriera todo ese dolor que te infiero.
Poder
desmenuzar
cada
palabra
que
te
dije
en
su
momento
y sentir un hachazo en la sien.
Notar el batir de alas de la mariposa
generadora de huracanes como respuesta
a mis insolencias.
Pasarlo mal, fatal
-pues no padezco ni enfermo-
no siento empatía y me gusta la congelación.
Puedo saltar de piedra en piedra
y herir a los que llevan armadura
mientras huyen dudosos.
Pero el día, el puto día en el que te encuentre.
A ti
cruel, cual castigo kármico
lloraré, enrabiaré,
arderá la sangre
y sentiré la vida en su más puro estado.
Porque no fui tuya en ningún momento
y ya no serás mío.