domingo

Al menos me regalaste Madrid a cambio de que besara las heridas de mis propias rodillas.
Sangrientas de esperarte.
Por volver a esperarte.

Soy humo del cigarro que fumo por melancolía. Para celebrar esa herida que lanzas sobre mi tenso lienzo   -cada vez más manchado por rabias externas, cada vez menos puro de experiencias nuevas-. El humo de las despedidas de estaciones en las que me prometo ser una nueva yo. Alguien tan ligera y etérea como para confiar en el rumbo de los vientos que ofrecen los nudillos de las manos ajenas. Esos que están tan llenos de energía, de amor y calidez para mi pálido hombro que me dejo llevar.
Y me dejo guiar, mucho. Vamos de calle en calle, de noche. Cuando la gente no mira, y solo susurran las luces de neón de los 24 horas lo que me espera. Por las avenidas con mares ennegrecidos porque "ya me lo habían advertido". Por los portales de ojos cerrados.
Tiramos de todos los males, apagamos las luces, echamos freno a las injusticias del mundo y cerramos los pestillos. Nos encuevamos y enclaustramos en nosotros, jurándonos fidelidad. 
Palpamos, tocamos, siempre herimos.
Abrimos la puerta, y damos a rebobinar.
Volvemos. Soy humo del cigarro que fumo por tristeza. Para celebrar tus días junto a mí. Por la que abrió los balcones y cegó mis futuros días. Te lo dedico, hija de puta. El humo de las borracheras en las que me prometo ser una nueva yo. Más dura, más crítica. Alguien tan pesada y fuerte como para encarar todas las pesadillas de los martes. Esas que están tan llenas de ascensores que hacen que vomite. Pulso con mis dedos el botón adecuado y subo. Y bajo. Y giro para golpear las paredes que ven gotear la salsa que nunca le puse a los spaguetti. Aquella comida que no hice, aquel acertijo que ni pensé.
Tirábamos de todos los males y ahora no sé hacerlo sola, nunca se me enseñó a. Vas y vienes contorneando las caderas y yo anémica te espero llegar. Porque soy humo del cigarro que fumo. La lengua áspera y menos rosa de lo habitual. El sabor a cenizo. El fuego frente a lo ardido. La que se quema y requema. La chica que busca su hogar en los pechos de otros, la que se autoinmola. Soy el nudito de remiendos, cosidos uno a uno y hechos a base de pequeños actos de sensatez ignorados por otros.
El desorden hecho arte, el arte hecho sueño cíclico.

martes


Sigo esperando un milagro.
Le pido a quien sea que me de
la capacidad de
encarnarme en cada mujer que te guste, 
cualquiera que te sea apetecible. 

Sentir cómo fijas
a cada instante
tu mirada. 
Nada discreta,
muy inquietante.

Que te acerques hacia mí por terceros,
percibir a kilómetros tu cobardía hasta para hablar. 
Ver apatía, melancolía, el cabreo interno. 
Los gestos que repites,
lo mal que follas, cabrón.

Voy y vengo de los sitios, 
no huelo tu colonia
y duele más de lo que crees. 
Aunque la idea de que alguien tenga
la misma me pone cachonda.

Te rastreo por las avenidas y rascacielos
hace ya mucho tiempo decidiste trepar.
Te desvaneces en lugares verticales.
Ya no soplas mis oídos ni
me llevas con las brisas.

Pero yo me he anclado por aquí,
me amarré a una farola
y las noches me ciegan.
Se han vuelto tristes
momentos de memoria.

De atarse las manos al respaldo de
una silla, tu silla.
Dejar que me golpeen los Cien Enfados.
De pensarte, obligarme a
no pasar por tu hogar.

Enrabiar del odio que te tengo.
Erabiar del amor que te siento.

Guardar mis manos en los bolsillos para no
darte todos los poemas que te he escrito.
-Seguro que no te tomas bien-
Camino en círculos con tal de reprimir
tu faceta de musa sobre mí.

Me inspiras,
Rechazo,
y parece que te olvidaste de mí como 
del que intenta evitar ver a un ex.
Se te ve atado a otra persona.

Consigo verla
cada vez más,
no se hace tan borrosa como querría.
Cómo te querría.

lunes

El artista con hambre (II)


Pero ya te gustaría ser así.
Te brindaría la oportunidad de
haber cambiado.

«Señoras y señores
este hombrecito ya no es débil.
Se cubrió de cuchillos y va abrazado pechos
dañados de dulzura, de inocencia y compasión»

No sufre
No siente.

Ahora se alimenta de almas ajenas de las que desconfía,
transeúntes que observan su rostro con interés.

Va con chaleco antibalas.
O no, mejor aún
no lo lleva porque es duro de coraza.

Corre frente a las balas,
se las come.
Las mastica
-como mantequilla-
Pasan la garganta
y recubren su interior.

Qué rudo.
Ojalá.
El que nació malo, rebelde
digno de una película con James Dean.

El otro día cojeaste.
Te mostraste humano
pájaro de ala herida.
Levantaste la camiseta
agarraste mis manos;
toqué llagas.

Chico arena
chico camaleón
chico que omite:
chico que no se perdona
dime entonces cómo besas.

El artista con hambre (I)


Besas como piensas:
bruto, brusco, guarro.
Confuso, manipulador
creyéndote el rey de la fiesta.
Egoísta, silencioso
Odioso.

No me gusta lo que veo.
Olvidas y tiras las palabras,
vas a lo que vas.
Golpeas bien el bate.
Pusiste los roles de cada uno de una mesa recién encerada.
Jugaste a cambiarlos.
Y yo por vez primera voy, veo
reviso y no olvido.

El que mantiene el gatillo,
empuñadura,
anilla de granada.
El que escupe.

No me haces ni puta gracia.
Y esto debería convencerte para bajar
de ese bendito balcón.
Pero diga lo que diga, harás lo que quieras.
Como siempre.

Y no suelo perder
asi que baja, por favor.
Saltando, reptando, pudriéndote
por el camino.
Como quieras, pero baja.
Que no me gusta lo que creo entender
y quiero volver a verlo.


Me da asco la primavera que está creciendo en mí.
Sin previo aviso, como una novedad anatómica.

Siento, noto cómo poco a poco
las raíces van trepando por mis entrañas
-antes llenas de pasividad amorosa,
pseudointriga romántica,
de todas las expresiones que queráis poner-, y
llenan de guirnaldas mis noches en balcones.

Hay alguien.
Más bien algo.
Un carácter, un arqueo de cejas
la incredulidad en persona.
Chasquido, golpe en la nuca
las palabras hijo de puta.
El sentimiento propio de desisterés.

Hacia mí.
Y ojalá hacia ti.

Haces que mi habitación se llene de espíritus.
Me abrazan, abarcan mi desvelo.
Comprenden mis injurias,
tocan mi rodilla y acarician el hombro.
Entes que cuentan historias sobre codicia, temor, dolor.
Hablan del verdadero futuro que depara.

Un día desapareciste sin previo aviso y yo
te volví a dirigir mirada.
Para nada,
para absolutamente nada.

sábado


Hoy he vuelto a caer. Tras meses de alivio y equilibrio mental, lo único en lo que pienso es en aplastar charcos mientras grito. De mirar de frente los reflejos en las gafas de sol de las personas que tranquilamente pasean alegres cerca de mí, y de un puñetazo romperlas en todos los trozos posibles. Apuesto a que cada cristal lo consigo despedazar en tres impares y asquerosas partes. Esta vez no quiero ni busco hacer un texto estético o bonito. Será porque bonita es una palabra lejana.
Lo único con lo que me veo decente es con un vestido negro de flores. Y ya estoy harta de mirarme en el espejo con él, de desenterrar de todos los armarios familiares reliquias textiles en busca de un sustituto; y que parezca invencible. No puedo levantar la mirada del asfalto cuando noto cerca escaparates, pues se burlan de lo que muestro, lo que ofrezco a primeras. No consigo dormir por las noches porque cuando me acurruco y agarro con fuerza a la almohada la tripa roza mi pecho, con cada una de sus vertientes diminutas, putas separadoras de un gran conjunto muscular. Cada vez más grande, más inmenso. Esto logra que por las mañanas encuentre ojeras hechas con manchas de acuarela, y ataques de cuchillo en mi cara como granos. 
No tengo ganas de salir por miedo a ser juzgada, tengo pánico al exterior. A tener que vestirme. Es lo último que hago antes de salir porque sé que dolerá pasar por esa maltrecha situación; quizás salga, quizás no. Es como jugar a los dados. Un uno es salir dignamente, y seis quedarme en casa de todo lo que he llorado. O peor aún, haber logrado ponerme cualquier cosa encima, y no haber tenido el valor de pasar hasta el portal. No es la ropa que tengo, sino con qué la lleno. Siento agorafobia al plantearme aunque sea dar una vuelta, y claustrofobia al permanecer en casa. No creo al resto, e intento no creer en lo que pienso. Me siento cobarde, de las personas más estúpidas. Pondría la mano en el fuego si cada día que me proponen salir no me agobio, no lo paso mal. Me propongo cambiar, y antes de caer el sol me adelanté a este. Y esa misma noche me vuelvo a proponer cambiar. Es el pez que se muerde la cola, una que ojalá no tuviese que degustar siquiera. 
La gente ve cosas casi inconcebibles para mis retinas. Os juro que las he buscado como si oro fueran (pues oro son,) pero no las veo. Y, ¿quién de los dos engaña?, ¿vosotros con edulcoradas palabras, o el sentido de la vista?, ¿lo que veo o lo que dicen?. ¿Qué debe responder uno ante un halago cuando lo único que ve son escombros?
Me estoy vaciando y no consigo creeros.

miércoles


Temo pensar en alto.
Dejar despegar el vuelo a entrecortadas malpensadas, y generar conflictos. Veo cómo cada palabra trepa asesina por mi garganta sin dudar de sus intenciones, se cuelga de la campanilla, y cae para reptar lentamente por la lengua mientras sisea el futuro que llega. Es húmeda y fría, roza, araña mis dientes, los cuales presiono con la mayor de mis fuerzas. Pero es escurridiza y se cuela entre las separaciones de mis dientes. Como una bala: vuela y hace sangre.
Es por eso que callo en los metros, no dirijo palabra alguna a extraños y siento miedo a pensar cerca de transeúntes. No es que crea que haya un hilo de conexión entre las mentes de las personas, ni siempre tengo pensamientos bruscos y negativos. Al contrario, no suelen ser de esas magnitudes, es algo más irracional. Lo que pienso es mío, solo mío. El miedo también.
Si camino por una callejuela que converge en otras más, y al girar hacia una de ellas me encuentro con alguien, aguanto la respiración. Como si cayese en una piscina; mi mirada, mi expresión o quizá algún suspiro delatarían los entresijos de mis entrañas, y esa zambullida no me la quitaría nadie. Y ojalá que haya agua y no una rotura de cadera por el impacto sobre unos azulejos desteñidos. Ojalá hayan dos brazos lo suficientemente fuertes como para cogerme antes del impacto, y no los trozos tras él. Y es paradójico porque pido aventura, busco romperme, pudrirme realizando lo que quiero. Pero mi instinto grita haciendo aspavientos con los brazos.
Creo que la metáfora no encubre lo suficiente aquello que intento decir, la mentira se queda corta. Ni yo misma puedo concebir tanto rompecabezas por temer a la posibilidad de hablar en alto. Que es algo real en mi vida, pero no lo circunstancial en el texto. Me encantaría poder reaccionar como el resto espera, dar oportunidades y conceder clases abiertas sobre cómo tirarse a la piscina saliendo ilesa. Pero voy con muletas, no sueno creíble (y no siento que mis palabras ahora mismo lo sean).
Temo dar una respuesta, pensar en voz alta, que todo acabe mal. No solo yo con una pierna rota, trece moratones y con -ahora- palabras carentes de valor vomitadas por el suelo, sino por ti. Joder, me preocupo más por ti que por mí.


Ojalá sufriera todo ese dolor que te infiero.
Poder
desmenuzar
cada
palabra
que
te
dije
en
su
momento
y sentir un hachazo en la sien.
Notar el batir de alas de la mariposa
generadora de huracanes como respuesta
a mis insolencias.
Pasarlo mal, fatal
-pues no padezco ni enfermo-
no siento empatía y me gusta la congelación.
Puedo saltar de piedra en piedra
y herir a los que llevan armadura
mientras huyen dudosos.
Pero el día, el puto día en el que te encuentre.
A ti
cruel, cual castigo kármico
lloraré, enrabiaré,
arderá la sangre
y sentiré la vida en su más puro estado.
Porque no fui tuya en ningún momento
y ya no serás mío.

lunes


Promuevo todo aquello que sea inmaterial y pueda arder. Las ideas sobre pasión, rabia, oscuridad y luz. Lo que consiga que marquemos una historia, un arañazo nuevo en la espalda. Oír mi nombre melódico en un libro mientras alguien lo ojea, leer cómo pronuncian mal mi apellido. Mirar y suspirar por lo que queda por sobrellevar y por lo que no nos dará tiempo.  
Mi arte. Convivir noche tras noche con lo desagradable, y escupir al brillante academicismo digno de impolutos muermos que prefieren pasar una tarde leyendo mientras ven llover, que bailar o gritarle a alguien. A la mierda las ideas Platónicas de un mundo perfecto basado en las ideas, excelentes perfecciones nunca alcanzables ni para los más crédulos. Propongo lo contrario. Lo que vemos, aquello que sentimos, es lo verdadero y único en significado, y es de ahí de donde sonsacamos nuestras propias apreciaciones, que cambiarán en idea de lo olido o lamido (y no de nuestro deseo de buscar una idea única que lo exprese). Prefiero ser copia. 
No quiero estudiar rimas epopéyicas. Quiero leer a Bukowski y sentirlo posible. Vivir mal, estar herido. Beber, fumar, follar, y pensar. Escribir. Escribir. Escribir y cantar. Escribir, cantar y leer. Escribir, cantar, leer y filmar. Las únicas cosas que necesito, el resto vendrá solo. Dejarme fluir sabiendo que me pudro haciendo lo que debo. Nada de lo esperado.
Raparme, rajarme, vomitar en mis zapatos, y escribir sobre ello. Notar cómo cae mi regla en la ducha, y escribir sobre ello. Pensar sobre irme a el Congo, y escribir sobre ello. Y mientras eso, cantar. Tras la realización, leerlo. Y si puedo, filmarlo. Mi cadena fordiana ya está más que terminada, pero, ¿y el amor? Qué fácil es olvidar al amor cuando está como un constante zumbido. Tras escucharlo durante horas, lo obvias y queda oculto tras otros sonidos más innovadores. Abogo por actuar y ser trascendente. Imprevisible, subjetivo, extravagante, amado y amante. Quererlos a todos para una (misma), y una para todos. Pero solo si ellos están ahí para endurecerte, y crear en ti las benditas marcas en la memoria. 
Fría, clara, lo suficiente como para arrancar las hojas de los prestigiosos y sagrados libros estéticos. Matarlos a cuchillada limpia y dejar que sangren sus letras. A la par de las mías, que se cansan de intenciones.